Las pantallas distraen… pero no tanto como ustedes

Señoras y señores responsables de la política:

Han vuelto a colocar un nuevo debate fácil en el centro, el de las pantallas. Uno de esos temas que dan titulares rápidos, argumentos sonoros y que permiten aparentar acción ante la preocupación legítima de las familias. Pero mientras discuten si los niños y adolescentes deben usar tablets o móviles, las aulas siguen saturadas, los recursos no llegan y el profesorado continúa exhausto.

Me preocupa que se esté gobernando la educación desde el ruido. Cada vez más, los debates educativos se convierten en trincheras donde solo parece haber dos bandos posibles: trabajar por competencias o memorizar contenidos, usar recursos digitales o tradicionales, innovar o mantener la disciplina, aplicar evaluación continua o hacer exámenes, apostar por la inclusión o por la excelencia.

Son debates que suenan firmes, pero que son profundamente falsos. No se trata de elegir un lado, porque la educación de verdad no se construye con “o”, sino con “y”.

Creo firmemente que necesitamos trabajar de forma competencial. El alumnado debe aprender a pensar, a resolver problemas y a aplicar lo que sabe en situaciones reales.
También necesitamos que ese aprendizaje sea profundo: que desarrolle habilidades clave, pensamiento crítico y un conocimiento riguroso y duradero.
Necesitamos alfabetización digital para que niños y adolescentes comprendan y transformen el mundo en el que ya viven. Y necesitamos, al mismo tiempo, que adquieran capacidad de análisis para no dejarse arrastrar por cualquier mensaje que aparezca en sus pantallas.
Y necesitamos aulas inclusivas, diversas y abiertas, que acojan a todo el alumnado y respondan a sus necesidades, sin renunciar nunca a la exigencia, al esfuerzo y al desarrollo del máximo potencial de cada estudiante.

Y mientras estos falsos debates ocupan el tiempo, las promesas reales siguen sin cumplirse. A nivel nacional, la LOMLOE incluyó una disposición adicional que marcaba como objetivo elevar el gasto educativo hasta un mínimo del 5 % del PIB, mediante un plan progresivo. Han pasado años y seguimos estancados en torno al 4,3-4,6 %. También se anunciaron medidas como la carrera profesional docente, la homologación salarial o la reducción de ratios y horarios, pero siguen siendo declaraciones en documentos sin reflejo en la realidad cotidiana de los centros.

A nivel autonómico, el panorama no es mejor. Los compromisos se anuncian, pero rara vez se cumplen, y los datos hablan por sí solos:

  • En Canarias, ANPE denuncia un aumento del 30 % de alumnado con necesidades especiales sin que los recursos hayan crecido.
  • En Castilla-La Mancha, CCOO recuerda que de los 530 nuevos docentes prometidos, solo 153 son efectivos.
  • En Galicia, se denuncian recortes encubiertos en profesorado de apoyo que dejan sin atención a quienes más la necesitan.
  • En la Comunidad Valenciana, 1.898 contrataciones obligadas por sentencia siguen sin ejecutarse.
  • En Euskadi, CCOO acusa al Departamento de Educación de usar la mesa contra la segregación como “propaganda” sin avances reales.
  • En Asturias, casi 100 directores dimitieron en bloque por la sobrecarga burocrática y la falta de medios.
  • En Cataluña, la Fundación Bofill recuerda que seguimos en un 3 % del PIB de inversión educativa, muy lejos del 6 % prometido.
  • Y en Madrid, los sindicatos insisten en que no se han contratado suficientes docentes para cubrir las nuevas aulas.

Estos son solo algunos ejemplos recientes, pero la falta de compromiso con la educación atraviesa a todas las comunidades, sin excepción.

Mientras seguimos discutiendo si las pantallas apagan la creatividad o si memorizar es anticuado, la escuela sigue perdiendo lo esencial: tiempo, recursos, estabilidad, sentido. Y ustedes, que deberían garantizarlo, prefieren distraernos con política de escaparate.

La educación no necesita más ruido, necesita valentía política, compromiso sostenido y visión de futuro. Porque prohibir pantallas puede dar votos, pero cumplir las promesas sobre recursos, ratios, diversidad y condiciones dignas es lo único que puede garantizar futuro.

Y hay algo más que no podemos olvidar, y es que vivimos en un clima de crispación constante, donde parece que gritar más fuerte vale más que tener razón. Si de verdad queremos educar, también necesitamos mostrar con el ejemplo que es posible debatir sin destruir, disentir sin insultar y construir acuerdos sin despreciar al otro. Porque educar no es solo lo que pasa dentro de las aulas, también es el modo en que ustedes, desde sus cargos públicos, enseñan cada día, con sus palabras, sus decisiones y su forma de tratarse entre sí, mostrando lo que significa vivir en democracia.

Y ojalá entendieran que educar no consiste en moldear ciudadanos dóciles que repitan sin cuestionar el discurso del momento, sea del color que sea, sino en formar personas con criterio, pensamiento crítico y capacidad para transformar el mundo. De lo contrario, no estarán construyendo una sociedad libre, sino una fácilmente manipulable, que acepta lo que se le diga sin atreverse a pensar.

Yo no quiero eso.
Y sé que muchos tampoco lo quieren.

Atentamente,
Una docente que no quiere más ruido, sino educación real.

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