Reducir ratios no lo explica todo

En los últimos días un estudio ha ocupado buena parte del debate educativo. Un informe publicado por el centro de investigación EsadeEcPol, elaborado por el economista José Montalbán, analiza qué ocurre cuando se reduce el número de alumnos por aula en educación primaria.

La idea que más se ha difundido, sobre todo en medios y redes, es bastante clara: bajar las ratios mejora el bienestar del profesorado, pero no produce mejoras significativas en el rendimiento académico del alumnado.

Como era de esperar, la reacción no ha tardado en llegar, y donde más se ha notado ha sido entre docentes. Muchos profesores han mostrado su desacuerdo con las conclusiones del estudio e incluso han cuestionado hasta qué punto quien lo ha realizado puede comprender realmente lo que ocurre dentro de un aula.

La reacción, en realidad, es bastante comprensible, ya que quien ha trabajado con grupos numerosos sabe que cada alumno más o cada alumno menos puede marcar una diferencia real en el día a día: en la gestión de la clase, en el tiempo disponible para resolver dudas o en la posibilidad de acompañar de forma más cercana el aprendizaje de cada estudiante.

Precisamente por eso merece la pena detenerse un momento y mirar el estudio con algo más de calma.

El trabajo analiza a más de cien mil estudiantes y compara situaciones en las que el tamaño de las clases cambia por razones administrativas. Los resultados apuntan a que reducir el número de alumnos genera pequeñas mejoras en la dinámica del aula, menos disrupción o algo más de trabajo en pequeños grupos, pero esos cambios no se traducen en mejoras significativas en las pruebas académicas utilizadas.

Esto no significa que reducir ratios no tenga efectos. Lo que sugiere, más bien, es que el aprendizaje es un fenómeno demasiado complejo como para depender únicamente de una variable.

La pedagogía y las prácticas de aula importan

En las aulas, el aprendizaje no sucede por casualidad, sino que se va construyendo en el día a día del aula. La manera en que se organiza la enseñanza, en las decisiones pedagógicas que toma el profesorado y en las experiencias que se proponen al alumnado son claves para impulsar el aprendizaje de los alumnos y alumnas.

Una clase puede tener veinticinco estudiantes y funcionar de formas muy distintas dependiendo de la metodología que se utilice. Puede ser un espacio centrado casi exclusivamente en la explicación del docente o convertirse en un entorno donde el alumnado dialoga, investiga, trabaja en equipo, se equivoca, vuelve a intentarlo y aprende a partir de ese proceso.

Las prácticas pedagógicas influyen directamente en la calidad del aprendizaje. El tipo de tareas que se plantean, la forma en que se formulan las preguntas, cómo se organiza el trabajo en equipo o el tipo de feedback que recibe el alumnado van configurando la experiencia educativa.

En ese contexto, el tamaño del grupo puede facilitar o dificultar determinadas dinámicas, pero difícilmente determina por sí solo lo que ocurre en el aula.

Una clase con menos alumnos puede facilitar la interacción, permitir observar mejor cómo aprende el alumnado o dedicar más tiempo a cada estudiante. Pero esas posibilidades solo se convierten en oportunidades reales cuando van acompañadas de prácticas pedagógicas que saben aprovecharlas de verdad.

Las condiciones estructurales no cambian la pedagogía por sí solas

Quizá la reacción más útil ante este estudio no sea cuestionarlo de entrada, sino preguntarnos qué podemos hacer con lo que plantea. Porque reducir las ratios no debería quedarse en una medida administrativa, sino convertirse en una oportunidad para impulsar cambios pedagógicos reales dentro del aula.

Si el propio estudio muestra que reducir las ratios mejora la dinámica del aula, disminuye la disrupción y facilita prácticas como el trabajo en pequeños grupos, quizá la cuestión no sea si merece la pena hacerlo, porque en eso parece haber bastante consenso, sino cómo aprovechar de verdad esas condiciones desde el punto de vista pedagógico.

Reducir el número de alumnos por aula puede abrir un margen que el profesorado lleva tiempo reclamando. Permite observar mejor cómo aprende cada estudiante, ofrecer un feedback más ajustado y trabajar con mayor frecuencia en pequeños grupos. Todo ello crea condiciones más favorables para una atención más personalizada.

Si se observa que una bajada de ratios mejora el clima del aula y facilita determinadas dinámicas de aprendizaje, aprovechemos ese margen de verdad. Aprovechémoslo para reforzar el trabajo en pequeños grupos, mejorar la calidad del feedback que recibe el alumnado y avanzar hacia una enseñanza más atenta a los distintos ritmos de aprendizaje.

Cuando las condiciones estructurales se combinan con cambios en las prácticas docentes, en la forma de organizar la enseñanza, de acompañar el aprendizaje o de dar retroalimentación al alumnado, entonces sí podemos estar ante una palanca importante para mejorar la calidad educativa.

En lugar de enfrentar investigación y experiencia docente, quizá el camino más razonable sea otro. Pedir a la administración que genere las condiciones necesarias, entre ellas ratios más bajas, y aprovechar ese contexto para impulsar una transformación pedagógica que vaya más allá de las modas y se traduzca en una mejora real del aprendizaje.

La combinación de medidas es lo que realmente transforma la educación

La educación rara vez cambia de forma significativa cuando se aplica una única medida aislada. Los procesos educativos funcionan como un sistema en el que diferentes factores interactúan entre sí.

Reducir las ratios puede facilitar una mayor atención al alumnado, pero esa atención personalizada también depende de otros elementos: del número de docentes disponibles, de cómo se organizan los apoyos dentro del aula, de la flexibilidad de los agrupamientos, del tipo de tareas que se plantean o del tiempo que el profesorado puede dedicar a observar y acompañar los procesos de aprendizaje.

La educación necesita margen para atender a cada estudiante, y ese margen no se construye únicamente reduciendo el número de alumnos en una clase, sino combinando distintas estrategias. Una menor ratio por profesor puede ayudar, pero también lo hace contar con más profesorado en los centros y avanzar hacia una organización pedagógica del aula más flexible. Cuando estos elementos se articulan de forma conjunta, las posibilidades de transformar realmente la experiencia educativa aumentan de manera considerable.

Cambiar la enseñanza requiere formación y acompañamiento real

Hay además un elemento decisivo que aparece mucho menos en el debate público y que, sin embargo, resulta fundamental cuando hablamos de mejorar la educación: la formación del profesorado.

Transformar la pedagogía del aula no ocurre simplemente porque cambien las condiciones externas. Puede haber menos alumnos por clase o más recursos en los centros, pero si las prácticas docentes siguen siendo exactamente las mismas, el impacto en el aprendizaje puede ser limitado. Cambiar la forma de enseñar exige tiempo para pensar la práctica, revisar lo que hacemos en el aula, probar otras maneras de organizar el aprendizaje y aprender también de lo que no funciona a la primera.

En muchas ocasiones los cambios educativos se presentan como nuevas «modas» pedagógicas que llegan con fuerza y que, al poco tiempo, desaparecen para dar paso a otras. Cuando esto ocurre, las metodologías se adoptan de forma superficial, sin el tiempo necesario para comprenderlas bien, adaptarlas al contexto de cada aula y consolidarlas en la práctica diaria, y así es difícil que produzcan cambios reales.

Un cambio pedagógico profundo requiere algo distinto… Necesita formación rigurosa, bien estructurada y conectada con la realidad del aula, pero también espacios donde el profesorado pueda experimentar nuevas prácticas, analizarlas con otros compañeros, ajustarlas y aprender a partir de la propia experiencia. Ese proceso solo cobra sentido cuando existe, además, acompañamiento continuo, colaboración entre docentes y una cultura de la innovación que permita aprender colectivamente.

Cuando todo esto ocurre, las condiciones estructurales empiezan a tener un efecto mucho mayor. Sin ese proceso, incluso las mejores decisiones administrativas pueden quedarse a medio camino. Porque mejorar la educación no consiste únicamente en reorganizar el sistema, sino en fortalecer el conocimiento profesional del profesorado y crear las condiciones para que ese conocimiento siga creciendo dentro de las escuelas.

El aprendizaje es un sistema complejo

La educación funciona como un sistema en el que muchos elementos se influyen mutuamente. La cultura del centro, la coordinación entre docentes, las prácticas de evaluación, las expectativas que se transmiten al alumnado o el contexto familiar forman parte de ese ecosistema en el que se construye el aprendizaje. Nada ocurre de manera aislada y, precisamente por eso, cambiar una sola variable dentro del sistema rara vez produce transformaciones profundas por sí sola.

Reducir las ratios puede ser una medida muy valiosa. Puede facilitar la gestión del aula, mejorar las condiciones de trabajo del profesorado y abrir más posibilidades para atender al alumnado de forma más cercana. Pero pensar que esa medida, aplicada de manera aislada, transformará automáticamente los resultados educativos simplifica demasiado la complejidad real de cómo se aprende.

Los cambios educativos más significativos suelen aparecer cuando varias piezas del sistema evolucionan al mismo tiempo. Cuando las condiciones estructurales mejoran, cuando las prácticas pedagógicas avanzan y cuando el profesorado dispone del tiempo y del apoyo necesarios para acompañar el aprendizaje de sus estudiantes.

En ese camino, el profesorado también tiene una responsabilidad importante. No solo en la mejora de las prácticas de aula, sino también en la defensa de condiciones que hagan posible enseñar y aprender mejor. Condiciones que favorezcan el bienestar de quienes enseñan y de quienes aprenden, y que permitan impulsar un aprendizaje profundo y significativo.

Quizá ahí también haya una tarea pendiente. No dejar que el debate público se quede únicamente en titulares rápidos o en quejas que, aunque comprensibles, carecen de una argumentación sólida. Cuando eso ocurre, se abre la puerta a que las decisiones políticas se queden en medidas superficiales que generan impacto mediático, pero que apenas transforman lo que ocurre dentro de las aulas.

Si queremos que la educación mejore de verdad, el debate también tiene que mejorar. Necesitamos análisis más rigurosos, propuestas más profundas y una conversación pública que vaya más allá de la simplificación. Porque solo cuando se entienden las múltiples piezas que forman parte del sistema educativo es posible avanzar hacia cambios que realmente impacten en el aprendizaje.

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